“Pensar no es salir de la caverna, ni sustituir la incertidumbre de las sombras por los perfiles bien definidos de las cosas mismas, el resplandor vacilante de una llama por la luz del verdadero sol. Pensar es entrar en el laberinto. Es perderse en galerías que solo existen porque nosotros las cavamos infatigablemente, dar vueltas en el fondo de un callejón sin salida cuyo acceso se ha cerrado tras nuestros pasos hasta que éste girar abre, inexplicablemente, fisuras factibles en el muro”.
Castoriadis, en las Encrucijadas del laberinto
_________________________________________________________________________________________
Interpreto cómo el pensar, en ocasiones, deteriora nuestro maltrecho vínculo con la realidad, nos persigue con insidiosa acritud y hasta puede acosar esa voluntariosa voluntad construida en los infames andamios de la vida.
El laberinto del que habla Castoriadis conforma nuestra mente y confirma la brutal interacción entre nuestro exuberante y rico yo interior por un lado, y esa verdad subjetiva que es lo que “nos creemos” desde la existencia junto a todo lo demás, lo que percibimos desde el exterior y como nos hace sentir y actuar.
Al pensar abrimos fisuras, exploramos, descubrimos y desciframos. En definitiva nos adentramos en el mágico mundo de la interpretación subjetiva de lo nuestro y lo que nos rodea. Ahora bien, no todo es luz, clarividencia y adivinación celestial.
Discurrimos y jugamos con nuestra pseudo realidad y emitimos dictamen, juicio y sentencia. Esta rigidez del proceso es casi insultante, un bochornoso fraude. Cerramos opciones unilateralmente y siempre lo conseguido parece un arte, una ganancia, el trofeo, un tesoro, algo que no admite ser de otra forma, ¡¡imposible!!…….
- Imaginemos un – ¿Como puedes no estar de acuerdo? – con represión contenida.
Este proceso es invisible, gracias a nuestro relamido e hipócrita envoltorio social. En apariencia y solo culturalmente, nos enseñan a ser tolerantes y generosos con la opinión de los demás, magnánimos con los otros gustos, aceptar críticas, puntos de vista diferentes, etc. Nada más lejos de la realidad. Tengo la certeza que en nuestro laberinto interior en ese momento de discrepancias, se ejecutan complejas neuro-psico-órdenes que cierran y sellan nuestra arquitectura mental de ataques externos. Nuestra mente profundiza en la herida de nuestra tozudez descarnando una perniciosa debilidad que desnaturaliza el ya de por sí frágil vínculo vital existente con nuestras emociones.
Somos sujetos imposibles. Impasibles y estrictos en la gestión de las ideas propias, Insultantes en nuestros gustos y maneras. Exponemos e imponemos nuestra “utilidad”, y proyectamos lo propio como ley universal. Pensamos desde nuestro devorador apetito creativo y devaluamos sin mirar al resto. Hacemos que escuchamos, en realidad, pensando en nuestra frase siguiente, cuantificamos las ideas y destronamos lo foráneo por lejano e intrusivo. Es un egoísmo casi agónico, suplicante de ego y estima, esa casposa y mórbida goma única capaz de mantenernos firmes y atentos frente al “suplicio“ de la variedad, la tolerancia, la mixtura y el desarrollo personal.
Me gusta discurrir entre intransigencias humanas que circundan el gran circo de nuestras vidas. Propongo adentrarme y adentrarte en su núcleo, aprender y comprender, pulir el intelecto, asimilar, cifrar y descifrar claves que quizás no lo sean, sacar partido.
Al final evolucionar con esta riqueza existencial abriendo verdaderas fisuras en el muro de mi propia alma siempre sol y sombra de mi verdadero enemigo; Yo mismo.







