Una de las diferencias más impresionantes entre un gato y una mentira, es que el gato solo tiene siete vidas.
Ifigenia se había acostado muy pronto esa noche, nadie sabía porqué. Tan solo las huellas desdibujadas de unas lágrimas derrotadas en su rostro, rompía entre los suyos ese dulce equilibrio vital que tanto caracterizaba su cotidiana existencia. Esa noche la casa estaba extraña, el aire se podia palpar, sentir. Una densa atmósfera perforaba el ambiente, miradas invisibles se cruzaban entre sí buscándose con ansia de incontenidas respuestas, pero nadie osaba preguntar ante ese abismo que produce la incertidumbre del inmediato instante siguiente.
Su vida había transcurrido dentro de una “realidad” auto-impuesta por los cánones y patrones de una exquisita sociedad civilizada y próspera. Todo se centraba en valores proyectados hacía lo que los demás esperan de uno mismo, miedos a lo desconocido, dependencia, nulo desarrollo interior y excesivo apego a lo material. Fue educada para desarrollar nefastos e indeseables sentimientos de culpabilidad por lo sucedido en su pasado y preocupaciones ante los inminentes futuros, su sentido del deber siempre se centraba en lo que otros creían que debía hacer bajo un esquema simplista y celosamente maniqueo. En cada momento de su vida necesitaba como respuesta a sus actos, la dosis de aprobación popular obligada y tranquilizadora.
En definitiva un modelo de enmascarado desarrollo personal y dependencia absoluta por un entorno que moldeaba a su antojo su devenir en la vida y pulso existencial.
Hacía semanas que Ifigenia se hacía preguntas. Algo en lo más profundo de su ser empezaba a revolverse y rebelarse; ¿Qué me está sucediendo?, ¿Por qué mi indiferencia ante todo?, ¿Como puedo evitar complacer?, ¿Y complacerme?, se preguntaba con obsesiva insistencia. No era habitual su desgaste psicológico tras comprobar que todo lo cercano a su entorno se le antojaba pequeño, aburrido y vulgar. Aunque estaba en el camino, aún no había llegado a comprender que ella misma era el centro de todo lo demás, el resto giraba sobre ese eje vital que conformaba su propia alma.
Necesitaba volar, escapar de sí misma para desaparecer y verse en otra dimensión con otras realidades no percibidas hasta entonces. Volar para ampliar la mente y ver las cosas desde las alturas para percibir mejor lo que pasa en el mundo físico. Volar con la imaginación, volar para encontrar un sitio donde posarse, volar para retomar y volver a empezar.
Tiempo después despertó del sueño sine die en el que había entrado, reencarnada en la mujer que siempre había aspirado a ser, pura, liberada de ataduras e independiente. Era demasiado tarde, tan solo encontró el aislamiento de una desconocida a la que el mundo había dejado sola porque la vida se había consumido sin apenas tiempo de haberla probado.
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